REFLEXION

PUEDEN ACUSARME DE HABER FRACASADO; PERO NUNCA DE NO HABERLO INTENTADO

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viernes, 15 de octubre de 2010

VENENOS



Claudia Rafael (APE)

Sería necesario un viaje por los insondables túneles del tiempo para hacer pie en aquella vieja y añorada Argentina de las industrias con chimeneas humeantes y mesas nutridas de dignidad. Un viaje impensado hoy, excepto a través de la memoria perdida en la que los trenes acercaban geografías y los chicos jugaban a saludar con la mano en alto mientras desde los vagones se desplegaba sistemáticamente alguna sonrisa. Esa Argentina forma parte, aunque nos siga doliendo como una espina clavada en el alma, de los libros de historia. Del recuerdo de los viejos, que vuelven una y otra vez sobre aquellos días de felicidad en donde pleno empleo no era una quimera vana.


Año tras año el país que supo ser granero diversificado ante un mundo en crisis va entrando más y más de lleno en el modelo del monocultivo de la soja. Cuatro letras que significan ataduras y que -a contramano de los discursos- no se traducen en el fin del hambre. Soja hoy es veneno seguro. Es tierra arrasada. Destruida. Es -en palabras de Andrés Carrasco, investigador de la UBA- la puesta en marcha de un modelo de producción que después de 20 años demostró que no resuelve el drama del hambre y que lo único que genera es “un problema ambiental muy grande y riquezas concentradas en pocas manos”.

Cuando hace apenas unos días el ministro de Agricultura Julián Domínguez anunció que Argentina se consolida como el tercer exportador mundial de oleaginosas con su campaña de 52 millones de toneladas de soja y 18 millones de hectáreas sembradas desnudó que ésa sigue siendo la apuesta y que ése es el camino elegido.

Soja es y será, sin embargo, sinónimo de Monsanto. Lejos, muy lejos quedó la ancestral costumbre del campesinado de intercambiar semillas entre vecinos, de re-sembrar, de hacer práctica colectiva el trabajo de la tierra a partir del modelo de solidaridad. Argentina está ubicada en el mundo como uno de los productores sojeros con mayor porcentaje de semilla transgénica y la práctica colectiva de la siembra es veneno para las transnacionales.

El precio es demasiado alto. La soja implica hoy indefectiblemente glifosato. Ponzoña multiplicada en la tierra para asegurar que no crezcan rebeldes y entrometidas las malezas que se ponen como freno inmanejable a la multiplicación de las hectáreas para la siembra. El sistema lo exige y los gobiernos sordos, ciegos y mudos ante tamaño precio asumen la política del laisse faire.

La empresa Trenes de Buenos Aires, concesionaria del ferrocarril Sarmiento, aprendió velozmente la lección y utiliza el glifosato para desmalezar inclusive las vías. “La aplicación constante en las vías férreas en áreas urbanas densamente pobladas dejaría así indefensos a cientos de miles de vecinos que viven junto a dichas vías que ven amenazados su salud y la degradación y contaminación de su medio ambiente”, sentenció la Defensoría del Pueblo de la Nación.

Con celeridad se copian herramientas que ahorran gastos y multiplican ganancias. Andrés Carrasco concluyó en estos días que lo que busca TBA es “ahorrar personal dado que esos trabajos antes se hacían a mano”.

La soja transgénica avanza y gana tierras a los hombres. Los expulsa mientras miran azorados cómo sus cuerpos sienten el impacto. El Sur es suelo propicio para experimentar con poderosos venenos que lastiman y dejan la huella imborrable de la muerte que danza alrededor de los desposeídos de la riqueza. Peligrosos de producir, riesgosos en su uso.

Silvino Talavera lo supo hace tiempo. Su mamá, la Petrona, lo intuyó en su niño cuando lo rondaban los fantasmas que supo se lo llevarían. Tenía 11 años en 2003. Y se fue caminando los 3000 metros que separaban su casa del almacén, en la paraguaya Pirapey, a comprar la carne y los fideos. Petrona Villasboa no podía saberlo cuando lo mandó. Cómo iba a saber que dos productores sojeros alemanes lo rociarían con pesticida y que su niño sería devorado por la muerte. Para qué quería un mártir de la lucha del movimiento campesino. Sólo quería un niño que creciera y se hiciera hombre y la transformara alguna vez en abuela. Pero lo rociaron con glifosato, base del producto de la Monsanto Roundup con certificado de venta libre en Paraguay.

Silvino Talavera quedó en la memoria de Petrona Villasboa que lo sigue llorando mientras lava la ropa, como siempre, en las aguas del arroyo que pasa muy cerca de su rancho. La soja debe seguir rindiendo y los gobiernos asienten. Cuando a finales de septiembre se publicó una investigación de universidades paraguayas sobre el daño en el material genético de los niños expuestos a pesticidas en el ambiente el nombre de Silvino Talavera seguía flotando. Participaron del estudio 48 niños expuestos potencialmente a pesticidas y 46 niños no expuestos. La conclusión: en los chicos expuestos había un promedio mayor de micronúcleos, un promedio mayor de células binucleadas, mayor frecuencia de fragmentación nuclear y picnosis, que son cambios típicos de una célula muerta.

El modelo lo exige. Los países lo aceptan. El glifosato es la garantía necesaria para el milagro de multiplicar la soja como maná que ofrece la tierra. A costa de la degradación del suelo, del final definitivo de los nutrientes y de los Silvino Talavera que se devora como un monstruo macabro que no está dispuesto a perdonar.

Tomado de Argenpress.info

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