REFLEXION

PUEDEN ACUSARME DE HABER FRACASADO; PERO NUNCA DE NO HABERLO INTENTADO

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jueves, 21 de octubre de 2010

MISIONES


Silvana Melo (APE)


Tenía apenas dos años, una debilidad extrema, nombre de héroe troyano, un sistema neurológico deshilachado por origen y por condena, nombre de paradoja atroz (en griego, “el que sostiene fuertemente”), una desnutrición de cuatro meses, primer nombre de guerrero y segundo de artista, una muerte perentoria, un número en un registro del programa “Hambre Cero” de Misiones y un destino que no necesariamente estaba escrito, que podía torcerse por decisión de despacho, de escritorio, de estado.


Héctor Rafael Díaz tenía nombre de persona mayor, apellido de miles en la guía telefónica, cuerpecito de nada en los programas oficiales. Se murió el 5 de setiembre de desnutrición. Vivía con sus seis hermanos y su madre, Rosa Acosta, en un rancho de madera, un cuadrado sin baño ni luz ni agua. Ninguno de sus hermanos va a la escuela. Los que quedan sobreviven por un par de asignaciones que cobra su madre. A dos ya se le detectaron deficiencias de peso. Ninguno aparece en los registros del programa “Hambre Cero” de Misiones.

Héctor Rafael Díaz nació en un pueblo que se llama Apóstoles. Que serán doce tal vez pero sin cena. Que serán doce tal vez que ven morir, en la extensión de los tiempos, cientos, miles, cientos de miles de cristos mínimos y desnutridos, de huesitos como pelusa, de piel transparente y gris. En Apóstoles se murió Héctor Rafael Díaz, de hambre. En Misiones, donde el gobernador se llama Maurice Closs, nombre europeo en una tierra roja y esquilmada, poblada de yerbatales, hambrienta y sudamericana.

Misiones, señalada por la última Encuesta Nacional de Nutrición y Salud como la segunda provincia con más altos índices de desnutrición crónica y bajo peso de todo el país. En Misiones hay un 55 % de niños menores de dos años con anemia por deficiencia de hierro. Misiones, que tiene un 84% de niños con problemas de alimentación. Dos de cada diez con desnutrición severa. Uno de cada diez con problemas de crecimiento irreversible. Un 80% sin aportes de calcio suficientes. Un 88% sin cobertura médica. Misiones.

A 65 kilómetros de Posadas está Apóstoles. Donde Héctor Rafael Díaz murió de hambre el 5 de setiembre. Pero su muerte chiquita, insignificante, indigna hasta de una estadística, recién se supo un mes después. El niño con nombre de héroe troyano estaba inscripto en el plan “Hambre Cero” y su pequeña vida fue hasta el final una paradoja feroz. Porque se murió de hambre. No recibió ayuda. Ni asistencia. Y se convirtió en una triste fotografía de la verdad de los planes puramente declamatorios.

El programa implica el nombramiento de un padrino. Un hombre enviado por el Ministerio del Hambre Cero de la segunda provincia más desnutrida que, supuestamente, debe garantizar la llegada de los alimentos imprescindibles para que el niño pueda evitar la muerte que lo acecha, voraz, en las hendijas del rancho de madera, en los soplidos de la noche, en las puertas cerradas en la nariz de su madre.

Héctor se murió porque nada llegó nunca. Y sus bracitos ya rígidos por la muerte a la que el estado le abrió las puertas y le puso alfombra en vuelo para que se lo llevara, se convirtieron en un paradigma terrible del abandono, de la ausencia de los que tienen la obligación de la presencia, del fracaso de la política porque un pibe de dos años se murió de hambre y eso es un escándalo que debería estallar como big bang en los despachos de las gobernaciones.

Pero la Vicegobernadora Sandra Giménez y tres ministros del gobierno del Frente Renovador salieron a declarar, ya muerto Héctor, un mes atrás. No pidieron perdón por la muerte de todos los niños del mundo que se mueren en el torso de costillas marcadas y levedad infinita del Héctor de Apóstoles. Descalificaron a la familia, a su madre, al padrino que mandó el Ministerio del Hambre Cero de la tierra colorada. La vicegobernadora dijo “El padrino se convirtió en padrastro…”. Y el niño volvió a morirse, una vez más y cada vez que los funcionarios abrieron la boca.

"Es increíble: aquí donde se tira la comida muere otro infante por indigencia", dijo Mónica Marín, la nutricionista del hospital de Apóstoles. Dicen que al llegar al hospital, ya gris, ya transparente, presentaba "un severo cuadro de desnutrición". "Hicimos todo el esfuerzo posible pero no pudimos salvarlo. Tenía un grado de desnutrición de cuatro meses, pero en Misiones, la segunda provincia del país con desnutridos crónicos, cuando los indigentes comen absorben calorías, pero no nutrientes".

Habrá juicio por “abandono de personas” e “incumplimiento de los deberes de funcionarios públicos”, dicen. Pero Héctor Rafael Díaz se murió. De hambre. Y tenía que vivir. Héctor, marcado por un nombre de héroe troyano. Que no pudo, en su extenuación, luchar por conquistar su propia vida. Cuando desde el caballo de madera apareció una legión de infames, novios de la muerte.

TOMADO DE ARGENPRESS.INFO

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