REFLEXION

PUEDEN ACUSARME DE HABER FRACASADO; PERO NUNCA DE NO HABERLO INTENTADO

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sábado, 18 de diciembre de 2010

¿POR QUE?



(PARTE VII)

La infancia se desarrolló diría que normalmente. Todo lo normal que puede ser la infancia de un pobre. Sin (por suerte), televisión, play station ni ninguna de esas herramientas de dominación tecnológica que usa la clase dominante hoy día y que deben sufrir las nuevas generaciones. Apenas la “cantora” a válvulas que normalmente andaba a los cachetazos y era el nexo entre nosotros y el mundo exterior, mucho más reducido y lejano. Moscú, Japón, Singapur, eran apenas puntitos en el planisferio que nos volvían locos en la clase de geografía. Como siempre fui malo en esa materia debo confesar que en ese entonces me importaban un carajo lo que les pasara a los moscovitas, los japoneses y los singapurenses. Simplemente me preocupaban para mantener una aceptable nota en el boletín. Si no mienten las estadísticas de Google en un rato más estarán leyendo estas líneas en Singapur y Ucrania y varios países más.
Sí que ha habido tremendos cambios desde nuestra niñez.
Lo que no acompañó la velocidad e intensidad de esos cambios ha sido nuestra condición social. Seguimos siendo carne de cañón, elementos descartables, sujetos a la explotación, cada vez más pobres, con muchas menos ilusiones y perspectivas de desarrollarnos como seres humanos, en definitiva, los últimos orejones del tarro. Eso sí; con tecnología. Que pueda trasmitirlo a través de una computadora ya lo está demostrando. Nos dimos cuenta de todo ello mucho más tarde. De algún modo diría que por suerte, porque para ser felices en nuestra infancia no necesitábamos toda esta parafernalia tecnológica que hoy usa la clase dominante para evitar lo único que la atemoriza de verdad: que los hombres aprendan a pensar desde chiquititos. Sólo bastaba la cantora que nos trasportaba a otros mundos a través de las novelas, los informativos y la música. Eso desarrollaba tremendamente nuestra imaginación, (que al decir de Einstein es más importante que el puro conocimiento científico), pues para entrar en los ambientes en que se desarrollaban las novelas, había que imaginar toda suerte de ambientes y situaciones. En mi caso particular todo eso estaba  potenciado por mi amor por los libros. Leía desde los tres años y creo que ha sido mi único vicio. Aprendí a leer con Patoruzito y todos sus personajes de novela. Y ya no paré hasta hoy. Leo, luego pienso, luego existo es mi fórmula.
Crecí creyendo que a los chicos los traía la cigüeña desde París. Ya en esos tiempos éramos tan subdesarrollados que ni eso podíamos hacer en la industria nacional y había que importarlos. Encima explotando a las pobres cigüeñas, ya que no les pagaban un mango. Calculo que eso provocaría un desajuste en nuestra balanza de pagos y a lo mejor por ahí empezó todo este quilombo de la deuda externa. Mis viejos contribuyeron bastante a este estado de cosas: somos siete hermanos.
También creí sinceramente en los Reyes Magos. Aunque el episodio de la escopetita de lata, me produjo la primera bronca que recuerde contra esos muchachos tan bien intencionados en apariencia. Había botijas en el barrio que se portaban tan bien como nosotros, pasaban de año en la escuela, le dejaban pastito y agua el 5 de enero a la noche, pero en la mañana del 6 algunos no tenían nada en sus zapatillas. Empecé a intuir que había algo que no andaba bien. Me fui enterando con el correr del tiempo que había algo con un nombre horrible: INJUSTICIA. Y que se la agarraba con nosotros los pobres.
Creí también en un Dios topoderoso que nos amparaba y nos reservaba, sobretodo a los pobres, un más allá venturoso y todo lo que ahora era injusto se volvería justo. Por ejemplo que los ricos, que ahora disfrutaban de todo lo que nosotros carecíamos no iban a poder entrar en sus dominios, no iban a poder pisar ese suelo que nos sonaba a gloria y abundancia. Pensaba en esa época, ¡que se jodan! ¡ahora les toca a ellos pasarla mal!. Era una especie de reivindicación sindical. El sindicato de los pobres, en todas sus categorías, y al que nos habían afiliado de por vida sin consultarnos, con su secretario general al frente, Dios por supuesto, pondría las cosa en su lugar. Sólo había un pequeño problema. No iba a ser posible mientras estuviéramos vivos. Pero bue…algún sacrificio había que hacer para ganar algo alguna vez. Y era lo único que se nos ofrecía. Lo tomabas o lo dejabas. Muchos lo tomamos, al menos por un tiempo. “Que Dios vela por los pobres, tal vez si o tal vez no; pero es seguro que almuerza en la mesa del patrón” me dijo tiempo después uno de mis filósofos de cabecera, Atahualpa Yupanqui.
Seguí creyendo en todas estas cosas hasta bien entrada la adultez. Hasta el Estado me dio un certificado que oficializaba y validaba legalmente estas creencias. La serie y el número eran BDB 25001. Lo que me habilitaba cada cuatro años para revalidar esas creencias, ahora encarnadas en unos tipos que me proponían a cambio que yo pusiera un papelito en una caja que iban a fomentar la industria nacional, (le cagábamos el negocio a los franceses). Los gurises lo íbamos a fabricar ahora nosotros. De paso reducíamos la dependencia tecnológica, la deuda externa y hacíamos sonar la hora de la liberación para esos nobles bichitos, (las cigüeñas), que también habían laburado y gratis tantos años haciendo acumular montañas de plusvalía para sus burgueses patrones franceses que se cagaban en lo de la libertad, igualdad y fraternidad que ello mismos habían inventado para enganchar a la gilada y hacer “su” revolución. Sistema que hasta hoy funciona. La gilada se sigue enganchando en los slogans y consignas que le tiran sus explotadores y sus lacayos.
En cuanto a los reyes magos se les acababa la joda de traer juguetes a unos si y a otros no. Todos los gurises estarían felices sin importar la clase social en las que estuvieran. Al menos el 6 de enero. Y si alguien pedía un fusil y 500 balas tendrían que traer un fusil y 500 balas y no escopetitas de lata con corchitos atados con piolines.
En cuanto al sindicato de pobres obtendría todas sus reivindicaciones mientras estuvieran vivos, lo cual obligaba a su secretario general a cambiar sus estatutos.
¡Puta si era linda la propuesta!. ¿Quién no se iba a enganchar en esa? Hasta donde sé el 90% del pueblo sigue ilusionado y lo demuestra cada cuatro años. Yo estoy dentro del 10% restante. Mi certificado de boludo serie BDB nº 25001, lo archivé y ya no lo volveré a usar. La vida, esa excelente y cruel maestra me enseñó que si quería gurises los tenía que hacer yo mismo, que los reyes eran los padres y que Dios era una de las zanahorias más jugosas que tenía el sistema para que los burros como yo sinchàramos en la noria . Entendí entonces lo que quiso decir EL PEPE, (este zapallo de ahora no, por favor!!!), cuando dijo “nada podemos esperar sino de nosotros mismos”.
De todo este proceso todavía me gustaría recibir el fusil con las 500 balas. Hoy estaríamos hablando quizás de un AK-47. La diferencia con aquel de mi infancia sería que ahora sabría como y para que usarlo y a quien le tiraría primero. Este 6 de enero, a lo mejor junto un poco de pastito, un tachito con agua y sin que nadie se de cuenta,  pongo las pantuflas viejas en el patio. Si no me las afanan, cosa bastante probable dado los niveles de seguridad actuales, a lo mejor, ¿Quién te dice?, se me hace lo del AK-47 y las 500 balas y cumplo con ese sueño que llevo postergado más de 60 años.
Todavía sigo creyendo en las utopías.

CHE CACHO






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